1.
Mi primer Cheever es el último Cheever. Me lo prestó Miguel Ángel, que se fue a Canadá. Como se iba, y abandonaba su biblioteca hasta nuevo aviso, le dije prestame un libro, como quien dice dibújame un cordero. El que vos quieras, uno que me vaya a gustar. Y entonces me prestó este, que ahora que lo leí, con el diario del lunes, diría que era infalible.
2.
Decía que mi primer Cheever es el último Cheever porque es lo último que publicó, y es lo primero que leo de él. Es una novela corta, con pretensiones de sentirse como una novela río. Debería leer más Cheever para saberlo, pero hipotetizo que el Juan Cheever es quizás del club de los escritores que mejoran obra a obra, y por lo tanto tienen su mejor en su última -en tanto aplicación exitosa de su programa como escritores. Son del club: Bolaño (2666), Dostoievsky (Los hermanos Karamazov), Bukowski (Pulp), Puig (Cae la noche tropical), Clarice (La hora de la estrella. Hay una novela interrumpida por muerte de la doña, que no leí). No son del club: Donoso, Julio Florencio Cortázar, y tantos otros. Por qué pienso que capaz Cheever es del club: porque parece un libro que sólo podés escribir si escribiste muchos antes. Como que tenés que tener mucha muñeca. Mucha cintura. No sé, me parece. Pero no sé. Capaz que no. Pero capaz que sí. Pero
3.
Hay un lago, congelado, en el que se puede patinar, pero que después se convierte en un vertedero. Hay un tipo, un viejo, un jubilado, que se pone en campaña para resolver el desaguisado ecológico, pero como en segundo plano, mientras le pasan otras cosas: primero con una mujer, después con un hombre. Hay unos habitantes del pueblo del lago que tienen unos problemas de índole familiar. Hay una pelea en un supermercado. Hay unos chistes. Está la mafia. Hay de todo, en un libro de menos de 150 páginas. Me gustó mucho, me resultó muy ameno. Y qué buen título.
4.
La edición que leí tiene un epílogo del buen Rodrigo Fresán.

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